jueves, 8 de marzo de 2012

En torno a “El pensamiento: Una investigación Lógica”, de Gottlob Frege [1]

El siguiente trabajo resume e intenta explicar el artículo de Gotlob Frege titulado 'El pensamiento: una investigación lógica'. Creo que puede ser muy interesante no sólo para aquellos a quienes les guste la lógica. Personalmente encuentro este texto (me refiero al original, escrito por Frege [1]) muy inspirador, y me ayuda a entender por ejemplo la concepción heideggeriana de 'lo poético' —tenga o no que ver, que ese es otro tema—, y en general, a disfrutar más con el lenguaje. Las notas se encuentran al final de la entrada.




Frege comienza su investigación en torno al pensamiento (que ya veremos que alcanza con él un significado matizado) hablando de la verdad.

La verdad es entendida como el objeto de la lógica, y antes de entrar a definirla, empieza haciendo algunas precisiones. Una de las preocupaciones de Frege a lo largo del texto será no confundir el ámbito de la lógica con el de la psicología. Cuando habla del objeto de la lógica no se refiere a que la lógica busque enunciados verdaderos, como hacen todas las ciencias, sino que la lógica busca leyes —entendidas no como prescripciones, sino como la manera de acontecer necesaria— que nos permitan saber si dichos enunciados son verdaderos. A diferencia de la psicología, a la lógica no le interesa cómo sea que nosotros llegamos a pensamientos que consideramos verdaderos o falsos. La lógica de esta manera pretende superar el subjetivismo, y entiende la naturaleza de los enunciados independientemente de cómo pensemos nosotros que son. Dice Frege, no le interesa saber cómo tomamos por verdadero, pues bien podemos tomar por verdadero lo falso, sino qué leyes describen la manera de relacionarse las cosas con esta propiedad. Es decir, su investigación sobre los pensamientos comienza con una investigación sobre la verdad.

Frege empieza manejando la verdad como una correspondencia. Dice, la verdad se comporta como un adjetivo aplicado a figuras, representaciones, oraciones y pensamientos. Dichos elementos no son en sí mismos verdaderos, sino que decimos que lo son en su relación con otra cosa. Una figura es verdadera cuando es igual a lo que nos representa. Si yo hago una figura que no representa otra cosa, no cabe hablar de verdad en ella, como ocurre con la ficción.

A pesar de esto nos encontramos con una dificultad a la hora de entender de esta manera la verdad. Básicamente, nos dice Frege, la verdad entendida como correspondencia es imposible. Primero hemos de pensar que la verdad es o no es, no existen verdades a medias. Una figura es verdadera cuando es exactamente igual a lo que nos representa, y esto no podrá ser nunca debido a la propia naturaleza de dichos elementos. Lo que representa es una figura, y lo que es representado un objeto. Aunque sea por esta sutil diferencia, nunca podrá haber una igualdad completa, una verdad absoluta, y por tanto, ninguna. Así, dice Frege, hemos de entender la verdad como característica sui generis.

No obstante él ha de seguir manejando esta idea de correspondencia. Nos dirá, la verdad no pertenece al objeto, y como tampoco pertenece a la representación, la verdad pertenece a la distancia que media entre ambas, es decir, a los pensamientos.

Los pensamientos se manifiestan en oraciones. En dichas oraciones se habla de los objetos y de las figuras, y es a los pensamientos que expresan dichas oraciones a los que les corresponde la propiedad de ser verdaderos. Es decir, la verdad pertenece al ámbito del metalenguaje.

Para entender mejor esto echaré mano de su investigación “Sobre sentido y referencia”. Ahí Frege profundiza en la idea que viene más brevemente aquí expresada. Se distinguen en el acto cognoscitivo varias capas. La primera de ellas es el objeto, que suponemos existe. La segunda de ellas es la referencia, o cómo ese objeto se manifiesta. Después viene el sentido, que depende ya del contexto en que dicho objeto se manifiesta, y la última es la representación, que estrictamente individual, es la manera en que cada uno aprehende dicho sentido. Frege establece la siguiente metáfora que yo he tratado de ampliar: podemos imaginar dos telescopios apuntando hacia la Luna en posiciones diferentes. Los telescopios están conectados a un monitor de manera que varias personas pueden mirar a través de ellos simultáneamente. Ambos monitores están juntos, así que aunque los telescopios estén separados, podemos también mirar por ambos a la vez. Aquello que cada observador ve en cada uno de los dos monitores es su representación de la Luna. Es decir, cada uno se forma dos representaciones diferentes, una por cada monitor. La imagen que se ve en el monitor es el sentido. Depende de cómo el telescopio esté apuntando a la Luna, por ellos pueden mostrarse caras diferentes —uno quizá esté en España y el otro en Etiopía—. Por último, la imagen que capta el telescopio es la referencia de la Luna. Aquí podemos pensar en Kant [2] y recordar como “la cosa en sí”, o el objeto, nos está vedado, y aunque sea en un contexto diferente, ayudarnos a distinguir en la propia Luna la Luna misma, y lo que se “exterioriza”, es decir, su referencia.

Pues bien, después de todo esto, volvemos a las oraciones. Frege las define como una sucesión de sonidos que expresa un sentido (para distinguirlo de otra sucesión de sonidos como “lajakag bbbbgg”). Es decir, si pensamos en una oración escrita, —y aunque esto ya sea rizar el rizo— las letras representan un sonido que finalmente es una oración. No obstante aquí se le podría pedir a Frege otra manera de definir las oraciones, pensando por ejemplo en un lector sordo.

La cuestión es que una oración encierra un sentido —cada uno de los ángulos desde los que miramos la Luna— y algunos de dichos sentidos expresan pensamientos. Es decir, no todo sentido expresa un pensamiento, pero todo pensamiento es expresado en un sentido, a través de una oración. Algunos sentidos que no expresan pensamientos son, por ejemplo, los contenidos en oraciones como “siéntate” o “¡qué rico!”.

En cuanto a las preguntas, Frege nos dice que expresan medio pensamiento. Antes distinguirá tres etapas. La captación del pensamiento, el juicio de su verdad, y la emisión de dicho juicio. Con una pregunta hemos cubierto la primera etapa —así funciona la investigación científica—. Con un enunciado afirmativo estamos ya recorriendo las tres etapas. Por ejemplo, si digo “la mesa es verde”, capto que existe una mesa y es susceptible de tener color, juzgo el color y si en efecto existe o es una ilusión, y lo emito. Aquí merece la pena volver a hablar de la psicología. Cada una de estas actividades son psicológicas en el sentido de que son efectuadas por la mente. Se diferencia la actividad de pensar y el resultado de dicha actividad, que solemos llamar pensamiento, pero que no debemos confundir con el pensamiento del que hablamos ahora. El hecho de que yo juzgue que la mesa sea verde es verdad o no, es independiente de que la mesa en realidad lo sea. Frege todo el tiempo está dirigiéndose a ese plano previo a nuestra captación. Él dice, los pensamientos son captados, y aquí habremos de reparar muy profundamente, pues no son producidos. Nosotros nos encontramos con cierto elemento que “está ya ahí”, independientemente de cómo lo percibamos. Que no podamos llegar a los pensamientos de manera pura, o averiguar si son verdaderos o no de forma certera es otro tema, si la lógica sirve de algo, según Frege, es para intentarlo.

Volviendo a los pensamientos, estos son imperceptibles por los sentidos, es más, todo lo perceptible sensorialmente es ajeno a la verdad. La verdad no es una propiedad sensorial.

No obstante los enunciados no se agotan en el pensamiento. Algunos matices que no entran en relación con él marcan las diferencias entre el lenguaje formal de la lógica y el lenguaje natural. Dichos matices constituyen los elementos con los que trabaja el arte —por ejemplo— y también ejercen su función, generalmente apelativa.

Pero además los pensamientos no se agotan en el enunciado. Esto lo vemos claramente con ejemplos como “yo soy ese”, que dependerá de quién pronuncie la frase y de a quién se señale, o con todos aquellos que tengan que ver con el tiempo, “hoy es Sábado” no depende sólo de la oración, sino de que sea dicha en Sábado o no. Aquí no obstante se suscitan algunas dudas. Según Frege los pensamientos son atemporales, y sin embargo a cada instante “aparecen” nuevos pensamientos. Pensar lo contrario equivaldría a caer en el determinismo absoluto, es decir, todos los pensamientos existen de antemano con su verdad fijada —por ejemplo “mañana mi abuela se muere” o “el año que viene me caso”— y nosotros sólo podemos descubrir su naturaleza en el devenir de los días. Este sería un asunto que quizá habría que investigar, ¿son todos los pensamientos iguales? ¿existen unos eternos y otros no? ¿cabe la libertad en este paradigma?

Para ilustrar todo esto Frege nos cuenta una historia con algunos personajes. Aquí cabe mencionar la terminología que utiliza. Cuando habla de nombres propios se refiere a una clase que contiene determinadas propiedades. Entonces si por ejemplo, yo conozco algunos datos del Doctor Gustav Lauren (en el ejemplo) y otra persona conoce otros, estamos utilizando nombres propios diferentes. Esto viene reñido con la idea de los pensamientos. Si con un mismo nombre dos personas señalan al mismo individuo (al mismo objeto) pero cada una lo entiende de manera distinta, los pensamientos, ¿son uno o dos? Son dos puesto que aunque el objeto sea el mismo, son dos sentidos. Cada nombre propio equivale a cada una de las imágenes que que captan los telescopios [3].
No obstante este fragmento resulta un tanto oscuro. Frege dice que “Los diferentes pensamientos que resultan de las mismas oraciones coinciden en sus valores de verdad”, idea que no se logra entender, pues parece errónea a primera vista. Sí en el contexto en el que dos personas utilizan nombres propios diferentes, y dicen por ejemplo “El Dr. ha sido herido”. El hecho de que sean dos pensamientos diferentes no hace que sus valores de verdad varíen, pues se trata de variaciones muy pequeñas. No obstante si pensamos en el siguiente ejemplo veremos que puede no ser así: Se encuentran dos personas, ‘A’ y ‘B’, ambas conocen a un individuo que se llama Pedro, pero son dos Pedros diferentes ‘C1’ y ‘C2’. Viene un tercero y les dice “Pedro ha sido herido”. Sus pensamientos son diferentes y sus valores de verdad pueden ser opuestos. Podría decir que la frase de Frege es correcta siempre y cuando los nombres propios se refieran a los mismos objetos, pero eso está obviando la sutileza que creo intenta manejarse aquí, pues estaremos pendientes de los objetos como tales, y ya no sólo de los pensamientos, haciendo que el “pensamiento” pierda fuerza como herramienta analítica. Otra de las diferencias que marca Frege es que un pensamiento sea enunciado por un individuo o por otro, como ocurre con “yo he sido herido” y “él ha sido herido”. Es decir, por un lado Frege parece querer distinguir hasta la menor sutileza, y por otro está dependiendo de que dichas sutilezas sean subsanadas por estar refiriéndose a lo mismo —un “lo mismo” totalmente ajeno a nosotros, inalcanzable—. Dice, para posibilitar la comunicación, se toman por iguales pensamientos diferentes.

Frege sigue investigando los pensamientos, sobre si son compartibles o no, si son representaciones o pertenecen al mundo exterior. Creo que estas preguntas ya están de algún modo respondidas al haber traído las explicaciones de “Sobre sentido y referencia” y puesto el pensamiento en el nivel del sentido —entre la representación y la referencia—.

Los pensamientos son percibidos y las representaciones son tenidas, por tanto no son lo mismo. Además las representaciones son necesariamente subjetivas, y los pensamientos pueden ser compartidos. Si los pensamientos fuesen diferentes para cada individuo, nos dice Frege, no cabría hablar de ciencia. El teorema de Pitágoras es uno o ninguno, no muchos.

Por otro lado pueden ser percibidos pero no por los sentidos. Forman así un tercer reino, que tiene en común con las representaciones su imperceptibilidad sensorial, y en común con las cosas que no depende de los individuos ni necesita estar en alguien. El teorema de Pitágoras era verdadero antes de la vida en la Tierra, pero lo que yo percibo como rojo me necesita para existir.

La siguiente parte del trabajo, pese a que encierre algunas ideas muy interesantes, intentaré resumirla por guardar menos relación con el resto. Frege nos dice que no todo puede ser representación nuestra pues hace falta por lo menos un elemento real —digamos, “físico”— que sea portador de todas las representaciones. O no existe nada, o existen representaciones y entonces existe un sujeto. Sin embargo sí necesita Frege todavía esa confianza epistemológica, pues, textualmente: “tenemos que arriesgarnos a ello [...] si no queremos caer en peligros aún mayores”. Que existan más sujetos y además algunos objetos, no podemos saberlo, pero hemos de vivir con esta duda.

Superado esto, podemos pensar que no sólo representaciones mías pueden ser objeto de mi pensar, y queda abierto el camino de la ciencia. Se distingue así entre contenido de mi conciencia, representación mía, y objeto de mi pensar.

Aquello a lo que añado propiedades en un predicado, —al objeto de mi pensar—, no es representación mía, independientemente de que yo acceda a ello sólo a través de representaciones. Si digo, “la mesa es verde”, no es mi representación de la mesa lo que digo ser verde, sino la mesa a la que me estoy refiriendo, que no es contenido de mi conciencia.

Igual hemos de distinguir en los pensamientos. Llegamos a ellos de manera subjetiva, pero existen autónomamente. Entonces Frege termina su trabajo estudiando la relación entre los pensamientos y nosotros.

¿Cómo actúa lo atemporal en nosotros, lo temporal? Al captar un pensamiento este ejerce una variación en el mundo físico. Nosotros sin embargo, al captar un pensamiento no producimos ninguna modificación en él. Frege habla de propiedades esenciales e inesenciales. Cómo es un pensamiento es una propiedad esencial, el que sea captado o no, inesencial.

Los pensamientos actúan al ser captados y tenidos por verdaderos. Podemos decir de una manera totalmente aséptica, que los pensamientos influyen en las aceleraciones de las masas a través de los individuos que los captan, los reconocen como verdaderos, y actúan en consecuencia. Aquí, y aprovechando el lenguaje científico, podríamos señalar ese tercer reino de los pensamientos, en efecto no físico, pues la tercera ley de Newton queda anulada. No hay una acción recíproca entre nosotros y los pensamientos, ellos ejercen una fuerza en el mundo y quedan inalterados.


A modo de conclusión, y como comentario personal, diré que los pensamientos de Frege me parecen una muy buena explicación de cómo manejar la verdad, lo objetivo y lo subjetivo. No obstante sí creo que determinados puntos habrían de quedar mejor resueltos. Seguimos encerrados en el solipsismo y necesitando la confianza para pensar que existen los objetos de los que hablamos. Además la verdad ha quedado definida de forma imparcial. Al haber sido incapaz de definirla, Frege elabora una herramienta teórica para explicarnos qué es. Básicamente la verdad es aquello que entra en consideración con los pensamientos. Tan sólo de soslayo se ha evitado decir que la verdad es “la manera de ser de las cosas”, pues así dicho, seguimos atrapados en problemas clásicos en torno a cómo llegar a dicha realidad, que por definición, esta vez kantiana, se nos escapa. Por último recordar el problema sobre si los pensamientos son infinitos o no y si caben ser equiparados —el asunto de los nombres propios—, y en torno a la eternidad de los pensamientos y la libertad.

No obstante una vez superado este límite, nos encontramos con una elaboración muy poderosa que nos permite mantener la verdad. Si el primer paso se da en falso, gracias a la lógica nos podemos asegurar que por lo menos todos los siguientes sí respondan a leyes necesarias. En el fondo el mismo problema al que nos enfrentamos en la deducción axiomática.


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Notas

[1] El texto utilizado ha sido extraído de “Ensayos de semántica y filosofía de la lógica”, traducción de Luis M. Valdés Villanueva, en la editorial Tecnos, edición de 1998.

[2] Es decir, nosotros vemos en las cosas lo que las cosas son para nosotros. Conocer es asociar estímulos a categorías ya dadas. “La cosa en sí”, es decir, la cosa independientemente de como la vemos nosotros, es inalcanzable.

[3] Aquí podemos releer el poema de Juan Ramón Jimenez, quien le pide a la “intelijencia” el “nombre esacto de las cosas”, que su palabra sea “la cosa misma”. Juan Ramón Jimenez, Eternidades, “Intelijencia, dame”, 1916.


1 comentario:

  1. Muy buen ensayo. Me sirvió de mucho en mi pre-concepción del texto.

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