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miércoles, 26 de diciembre de 2012

La casa de las heridas


Quién es esa persona que mira tan insistentemente todo lo que hago. Por qué se extraña con el gesto arañado, por qué no comprende cuánto me duele.

Cierro los ojos y todo es de silencio. En la habitación hay una herida.

No puedo saber yo tampoco qué estás pensando, con esa rabia que huele a humedad en los pasillos.

Y te odio. No sé por qué ni cuánto. Tu pelo enredado y la cara sucia, el olor tan tuyo. Las paredes se retuercen contra la piel y eso también es misterioso. Por qué no te marchas. Los dos lo pensamos. Por qué no desapareces y me dejas por fin a mí a también romperme contra el suelo.

Te echo de menos. Eres la caricia como una llaga, los ojos abiertos que nunca lo fueron tanto. En mi recuerdo una ventana, todo un juego. Y en el jardín los árboles siguen creciendo como si todo fuese lo mismo.

Yo ya no puedo. Las palabras que no hacen daño, las palabras de hierro que no hacen daño.
Por favor abre la puerta, vete, pero no me dejes aquí.


lunes, 13 de febrero de 2012

El lazo rojo

Ella llevaba un lazo rojo anudado al cuello pero él miraba sus zapatos porque quería parecer distinguido. Subía por los tobillos, recorriendo las piernas cubiertas por una fina media y deseaba su cuello con el rabillo del ojo. Sabía que no podía mirar porque algo le incitaba a desnudarla y poseerla allí mismo, quería parecer un caballero así que mantuvo la mirada en sus pequeños pies mientras ella se levantaba y se marchaba. Nunca la volvió a ver, pero ella recordó toda su vida las botas de aquel hombre.

miércoles, 18 de enero de 2012

Alejandra

Alejandra tiene veinticinco años, una bufanda muy larga y un carné universitario. A veces quedo con ella para comer cuando salgo del trabajo. Observo como mastica la comida con delicadeza mientras pienso en sus orejas.

Alejandra es amiga de Lucía y siempre me cuenta sus aventuras mientras nos traen la carta. Una vez estaba en casa y no podía parar de pensar en sus orejas.

Alejandra tiene un vestido rojo muy rojo que se pone para ir a comer conmigo. Le gusta pedir arroz con tomate y no bebe nunca cerveza. Yo me siento con las piernas cruzadas y el camarero se lleva mi plato lleno de comida. Cuando miro su cara desnuda y me acaricia por debajo de la mesa intento fingir que no sé nada, que yo soy otro. Cuando juega con el arroz con tomate me siento culpable y no hago nada.
—Si te hablo, ¿tú me quieres?— y yo pienso, Alejandra, qué voz tan hermosa.